Sefardíes de Bélgica

Tras la diáspora, con el paso de las décadas, algunos sefardíes se instalaron en los Países Bajos, especialmente en las ciudades de Amsterdam y Amberes, porque aquel territorio, entonces posesión española, era más tolerante con los judíos», explica el director del Instituto Sefardí Europeo, Moïse Rahmani.

Rahmani, descendiente de judíos españoles, fundó en Bruselas esta entidad en 1989 con el fin de preservar el patrimonio lingüístico de sus antepasados.  Creó simultáneamente la revista «Los muestros», publicada en este idioma.

Una década después, logró que el Parlamento Europeo reconociese el sefardí como lengua europea no territorial y Rahmani tiene muy presentes sus raíces peninsulares, aunque estás se hundan cinco siglos atrás.

EL ESPAÑOL MEDIEVAL, VIVO

El sefardí o judeoespañol es una lengua procedente del castellano medieval con aportaciones del hebreo, pero a lo largo de quinientos años se ha ido enriqueciendo con préstamos del italiano, griego, árabe y turco.

Quienes la utilizan hoy se expresan, en gran medida, como lo hicieron los españoles del siglo XV.

«Tras la destrucción del templo de Jerusalén en el 70 después de Cristo, muchos judíos emigraron a la Península Ibérica, de modo que la presencia de mi pueblo en España es muy antigua y, por eso, la expulsión la recordamos todavía como una tragedia, porque era nuestra casa», relata Rhamani con emoción.

Otro motivo de nostalgia histórica es la «época de oro» cultural que vivió el mundo judío en Sefarad («España» en hebreo) durante los siglos XI y XII.

Fueron los tiempos del filósofo y astrónomo Maimónides, del médico y poeta Yehudah Alevi, del también poeta, y filósofo, Ibn Gabirol, del escritor y místico Ibn Pekuda.

Fueron también los años de la Escuela de Traductores de Toledo, símbolo de tolerancia entre tres culturas, «con escolares judíos, cristianos y musulmanes», rememora Rahmani.

Allí, los estudiosos sefardíes «trajeron tradiciones griegas, latinas y musulmanas, hicieron de puente entre mundos», comenta el experto, quien remacha: “la convivencia terminó en 1492, con la expulsión”.

Aquellos judíos que no accedieron a convertirse al catolicismo tuvieron que emigrar, dejando atrás todas sus posesiones, excepto su lengua.

«Dicen que los judíos somos el pueblo de las memorias, así que los sefardíes nos llevamos la nuestra y la conservamos hasta hoy», afirma Rahmani.

Cita el ejemplo de su abuela, quien vivió en Egipto y en el Congo, pero que «nunca habló otro idioma que el español».

EN BUSCA DE UNA NUEVA TIERRA

Tras el edicto de los Reyes Católicos muchos sefardíes buscaron una nueva vida en Turquía, que los recibió «con los brazos abiertos, porque los judíos eran una elite cultural».

Otros se esparcieron por el norte de África, Bulgaria, Grecia, Francia o Italia. Fue así como surgió, desde el Mediterráneo a los Países Bajos, «una España diferente, que existía en los corazones, la de los españoles sin patria».

En 1924, un decreto permitió a los sefardíes obtener la nacionalidad española, una iniciativa gracias a la que, años más tarde, «algunos judíos pudieron salvarse de los nazis».
Sin embargo, durante el Holocausto, gran parte de la comunidad sefardí hispanófona de los

Países Bajos fue exterminada. La mayoría de supervivientes emigró a partir de 1948 al recién nacido Estado de Israel.

El Instituto Sefardí Europeo estima que en los Países Bajos viven actualmente unos 20.000 judeoespañoles. Otros 80.000 residen en EE.UU., 30.000 en Canadá, 15.000 en Turquía, 11.000 en Irán y algo más de 4.000 en el conjunto de los países árabes.

En España, la cifra es de 12.000, sin embargo, esta lengua, al carecer de territorio, correrá siempre el peligro de desaparecer porque, como dice Rahmani, «si no se cuidan, hasta las raíces más duraderas se estropean y mueren».

DutchEnglishFrenchSpanish